"tiene", dice la etiqueta. Tiene Lycra y toda la perorata de componentes textiles que se te puedan ocurrir. Lo que también tiene el comienzo del verano es, indefectiblemente todos los años, la traumática experiencia de salir a comprar una malla.
no sé por qué, pero los cambiadores en los que te probás la bikini siempre miden miserables centímetros, lo que te obliga a estamparte contra el cruel espejo que te devuelve: estrías, celulitis y un blanco piel Gasparín que te hunden en una depresión instantánea.
mientras te mirás azorada, enumerando los kilos de helado de más y las horas que podrías haber invertido en salir a caminar, la vendedora (siempre, siempre, portadora de un lomo infernal) pregunta: "¿y negri? ¿cómo fue la mallita?" Dudás entre mandarla a la mierda o en una modosa respuesta que no te creés ni vos: "mmm... no me convence mucho. Pero me estoy probando ¿eh?"
las tetas, que en algún momento fueron tu orgullo, ya no son las mismas; en ese preciso momento empezás a enarbolar la bandera del insuperable amor que supone amamantar a tu hijo. Pero ningún corpiño hace magia, y esos retorcidos, divinos y sin breteles quedarán para otra vida.
en la procesadora mental pasa una malla entera (muy top, pero digan lo que digan, da vieja) irte a la Antártida a pasar el verano o envolverte en los toallones playeros que tan lindos colores proponen para esta temporada. Saldrías del local pateando todas y cada una de las publicidades con modelos a las que las mallas que te acabás de probar les quedan pintadas.
respirás hondo hondo y recurrís al inagotable optimismo que curiosamente, siempre está, y entendés, como todos los años, que a la cabeza no hay Lycra ni bikini que le quede mal.
(B)