miércoles, 20 de mayo de 2015

Éramos sólo él y yo...

Era un día de abril aunque importaba poco el calendario en el medio de la selva mexicana.
La selva está viva, andando. Todo el tiempo, como un péndulo que si parece detenerse un microsegundo es sólo para tomar impulso y seguir. Vemos poesía en cada rincón y ella, en su soberbia de saberse mágica, la derrocha a montones sin esforzarse. Intimida. Hipnotiza. Nuestros sentidos, vacíos de arte la mayor parte del tiempo, no pueden evitar conmoverse con cada detalle. No hay voluntad, sucede. Los colores se multiplican, como los ruidos y las formas. Parecía como si todo acabara de crearse para nosotros, por única vez, ese día de abril.
Los árboles, en un caos ordenado por sus propias reglas fotosintéticas, parecían fichas de ajedrez acomodadas de manera caprichosa donde el jaque era imposible y el juego podía ser eterno.
Ahí estaba yo, derritiéndome con los pies en el agua, cuando lo vi. Todo desapareció y la selva se condensó en aquel caracol. Ese espiral, como un agujero negro al que no podía resistirme por más que quisiera, me atrapó. Y yo me dejé. Me fundí. Me fui.
El caracol se movía, la babosa salía y se abría para mí, para recibirme. Yo agarraba su espalda, o su casa, su todo, con la yema de los dedos y el espiral latía. El caracol estaba todo vivo y lo que años o meses después sería una piedra más en algún baldecito de algún niño mexicano, ese día de abril era corazón latiendo. Ese caracol y yo nos comunicamos, fuimos los dos al mismo lugar, nos seguimos, como una bandada de pájaros que, sin ponerse de acuerdo, vuelan juntos, cambiando la dirección pero siempre todos para el mismo lado. Así, mucho rato.
Todo el tiempo que pasó lo viví en cámara lenta. Desconozco cuánto fue porque los relojes tampoco importaban en el medio de la selva mexicana ese día de abril pero la poca luz solar que se colaba entre las ramas (que cuando volví a mirar juré que se habían multiplicado, una vez más) nos avisaba que era hora de irnos. Me costó despedirme. Fui y volví un par de veces. Y lloré. Un poco por el caracol y mucho por mí. Porque sabía que una parte mía quedaría ahí. En esa piedra, entre esos árboles, en ese día de abril, para siempre.


(M)

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